Esta novela me ha llamado la atención pero ahora mismo no puedo embarcarme en ella, así que la anoto a mi lista de lecturas:
Cantabria, 1862. Amara Soledo tiene veinticuatro años y nunca ha visto el mar. Criada en un convento de clausura en Burgos, su mundo ha sido siempre el mismo: cuarenta y tres ventanas que miran hacia dentro, un patio de piedra y un rectángulo de cielo. Cuando un notario le comunica que un padre al que no conocía le ha dejado en herencia un faro en la costa, Amara sale por primera vez de los muros que la han contenido toda su vida.
Lo que encuentra en Punta Brava es un pueblo que guarda secretos sobre su padre, un faro al borde de un acantilado y un hombre llamado Telmo Andueza que lleva seis años encendiendo una luz que no le corresponde para pagar una deuda que nadie le cobra. Entre los dos se construye un amor hecho de silencios, de pescado frito compartido con las manos y de noches subiendo una escalera de veintisiete escalones para encender una llama que guía a los barcos en la oscuridad.
Amara empieza a catalogar los colores del mar en un cuaderno. Inventa nombres para cada tono: el gris de después de dormir, el azul de las seis, el plateado que duele. Es su forma de atrapar un mundo que lleva veinticuatro años esperando ver. Pero a medida que los colores se acumulan en las páginas, algo dentro de su cabeza avanza en dirección contraria.
La Costa Prometida es una novela sobre la primera vez que se mira el mar y la última. Sobre un hombre que aprende a ver porque una mujer le enseña. Sobre una luz que alguien enciende cada noche sin saber si alguien la necesita. Y sobre un cuaderno que empieza con una letra pequeña y apretada y termina con otra, grande y torpe, porque las personas que amamos nos dejan sus ojos cuando se van.











