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miércoles, 22 de noviembre de 2017

Entrevista a la lectora: Carmen Martín



Entrevista a la lectora: Carmen Martín


Volvemos esta semana con la entrada de los miércoles. En esta ocasión con una lectora sevillana cuyo nombre es Carmen Martín.

Muchas gracias por concederme esta entrevista.

1. Lo primero es preguntarte, ¿cómo eres como lectora?

No tan empedernida como quisiera por falta de tiempo. Pero soy una lectora que siempre necesita un libro entre sus manos.

2. ¿Cuántas horas lees al día o a la semana? ¿Te gustaría poder leer más de lo que lees?

Al día... una hora tal vez. Hay días que menos. Pero cuando tengo más tiempo y estoy emocionada con el libro, me puedo llevar el día entero leyendo. 

Respecto a la segunda pregunta es un SI rotundo.

3. ¿Lees en cualquier parte o tienes un lugar de lectura especial?

En cualquier parte, pero tumbada, relajada es para mí lo ideal. 
 
4. ¿Qué géneros son los que más lees?

Lo que más: novela histórica, intriga, comedia, cuentos, relatos, fantasía (pero esto es "depende"). Algunos ensayos y textos científicos y/o investigación sociológicos, antropológicos y políticos.

Lo que menos: biografías, ciencia ficción y terror.

5. ¿Quién es tu autor favorito? O como posiblemente no puedas quedarte con uno solo, ¿cuáles son tus favoritos?

Mario Benedetti, Arturo Pérez Reverte, Almudena Grandes, María Dueñas, Elisabet Benavent, Immanuel Wallerstein, Noam Chomsky, Carlos Ruiz Zafón, Gustavo Adolfo Bécquer, Cervantes, Antonio Gala, Ken Follet... Y me dejo alguno por ahí.

6. Si tuvieras que quedarte sólo con un autor y una de sus obras, ¿cuál sería?

Ufff... ¿No puedo escoger uno de cada?
A ver... La tregua de Mario Benedetti me fascinó.

7. Si pudieras meterte en un libro a pasar un día, siendo protagonista, ¿quién serías y en cuál?
 
Sería Lola en Los zapatos de Valeria.

 
8. ¿Y con qué personaje te gustaría tener una cena?

Con Daniel Sempere.
Y con Teresa Mendoza.

9. ¿Qué escena de novela te gustaría vivir?

El descubrimiento del cementerio de los libros.

10. Y esta es ya la última, ¿qué libro te gustaría que se publicara y por qué autor? Por ejemplo que Nerea Riesco publicará un libro apocalíptico con extraterrestres. 

Pues mira... estoy deseando leer lo nuevo que escriba María Dueñas. Me tienen enganchadas las historias de esta mujer, y lo bien documentada que está siempre. Tal vez una historia a caballo entre Sevilla, Florencia y Lisboa, con esos magníficos matices históricos que tienen sus novelas. 



En 1 día sale a la venta Alma Bandolera de Juani Hernández

Mañana es el día en el que sale a la venta, por fin. ¿Te lo vas a perder?



Indicaros que en el blog de Noa en el baúl de los sueños tenéis el booktrailer que ha realizado la misma Noa de la novela y una entrevista a Juani Hernández que no podéis perder.


martes, 21 de noviembre de 2017

Presentación de "Las tres muertes de Fermín Salvochea" de Jesús Cañadas en Sevilla

Presentación de "Las tres muertes de Fermín Salvochea" de Jesús Cañadas


El próximo 24 de Noviembre a las 19 horas en la Librería La Botica de Lectores (Calle Asunción, 15) tendrá lugar la presentación del libro "Las tres muertes de Fermín Salvochea" de Jesús Cañadas.

Os dejo la sinopsis del libro:

«A partir de la historia oculta de su Cádiz natal, Cañadas ha creado una mitología sobrenatural del sur tan brillante como tenebrosa.» Félix Palma, autor de El mapa del tiempo

En marzo de 1873, recién instaurada la Primera República, Fermín Salvochea tomó posesión del cargo de alcalde de Cádiz. Siguiendo su espíritu anarquista, adoptó una serie de medidas polémicas que le granjearon la simpatía de los pobres al mismo tiempo que la animadversión de las clases pudientes y del clero. Una de esas medidas fue el desahucio del Convento de la Candelaria.
Esto es Historia. El resto de lo que contienen estas páginas podría no serlo.
1907. Fermín Salvochea, legendario alcalde de la ciudad de Cádiz, fallece en extrañas circunstancias. Ese mismo día, Juaíco, un barbero viejo y borracho, decide contarle la historia de Salvochea a su hijo Sebastián.
1873. El joven Juaíco empieza a trabajar para Fermín Salvochea durante su primera semana como alcalde. Una muerte en un burdel los embarcará en una aventura llena de misterios, magia negra y venganza más allá de la tumba.
1907. Un enigmático teatro de los horrores ha llegado a Cádiz. Brutales asesinatos se suceden en los callejones de la ciudad. Sólo Sebastián y sus amigos podrán encontrar la verdad tras la historia de Juaíco y proteger Cádiz del mal antiguo que anida en sus entrañas.

«La cuarta novela de Jesús Cañadas nos lleva al Cádiz de finales del siglo xix e inicios del xx en un tour de force a caballo de Los Goonies y Penny Dreadful. Imprescindible y adictiva.»
Antonio Torrubia, Librería Gigamesh

En 2 días sale a la venta Alma Bandolera de Juani Hernández


Edmond Dufort, alias teniente, va a ser un personaje que va a dar mucho de que hablar. No me cabe ninguna duda de ello.

¿Estáis preparad@s? Faltan solo dos días.


Alma Bandolera es la segunda novela que Juani Hernández saca con la editorial Harlequín. La anterior fue Proyecto: Tu Amor. Y de esta esperamos que nos la publiquen en papel, porque algunas somos unas clásicas y nos sigue gustando tenerlo en nuestra estantería.

lunes, 20 de noviembre de 2017

En 3 días sale a la venta Alma Bandolera de Juani Hernández



A falta de 3 días y para empezar bien el lunes, os dejo con el primer capítulo de Alma Bandolera. Doy las gracias a Juani Hernández por dejarme compartirla con vosotros. Aquí tenéis para ir abriendo boca.

CAPÍTULO 1

París, 14 de julio de 1789

Los tiempos convulsos en los que estaba sumida la ciudad se respiraban en el ambiente.
Pese a no ser prudente y a las indicaciones de Velmont, su fiel mayordomo, Jacqueline abandonó su casa cerca de la plaza Vendôme junto a sus dos hijos. Alain contaba con dieciocho años y Céline acababa de cumplir trece, por lo que ya empezaban a comprender ciertos devenires de la vida. Además, no quería que permanecieran en casa y expuestos al peligro… Sin caer en la cuenta de que el peor estaba fuera.
Tuvieron dificultades para tomar un carruaje, pues antes de llegar se vieron arrastrados por la muchedumbre; hombres, mujeres y niños, armados con cuchillos, palas y lo que tenían a mano, marchaban a pleno grito hacia el este de la ciudad.
―A la plaza Grève ―le indicó al cochero en cuanto hubieron subido, sintiéndose a salvo.
Sin embargo, el gentío apenas les permitía avanzar sin que los caballos atropellasen a alguien. Alain comenzó a mirar por la ventanilla, como si así pudiera averiguar lo que sucedía. Céline, en cambio, se abrazó a su madre.
―Tranquila, mi cielo ―le susurró, besándole el cabello.
Jacqueline le hizo una seña a su hijo para que se retirara. Él obedeció con reticencia, y ella suspiró, echando un último vistazo al exterior. Que el pueblo se alzara era cuestión de tiempo. El aumento de impuestos seguía recayendo sobre el pueblo llano y la burguesía, mientras aumentaba en igual proporción el despilfarro por parte de la Corte. Y para caldear aún más el ambiente, el rey, Luis XVI, había destituido de su cargo a su ministro de finanzas, Necker, quien se inclinaba por la causa popular y cuya pretensión era la de sanear las cuentas del reino.
Todavía recordaba cómo desde uno de sus balcones había podido contemplar, solo un par de días antes, a una multitud que blandía bustos de Necker y se enfrentaba con una arcaica lluvia de piedras a un destacamento de caballería que estaba allí apostado.
La gente pasaba hambre, el trigo y el pan jamás habían alcanzado un precio tan alto, y la muchedumbre había tomado justo el día anterior el convento de Saint-Lazare al circular el rumor de que allí se almacenaba el trigo.
Se acercaban tiempos difíciles… Eso le había dicho su hermano Jacques una y otra vez en las últimas semanas. Como preboste de París, estaba a cargo del Ayuntamiento, y cada día le resultaba más complicado ejercer su trabajo.
Era comprensible entonces que los acreedores cayeran sobre sus deudores como aves de presa, tratando de recuperar cuanto antes sus inversiones. Y a ella se le acababa el plazo esa misma tarde, a las siete; apenas restaban dos horas. Tal vez, en otras circunstancias habría podido solicitar o incluso rogar un aplazamiento, pero ahora era más que improbable por no decir imposible, por lo que decidió jugar la última carta que le quedaba en la mano: pedirle ayuda a su hermano.
Desde que Jacqueline enviudara seis años atrás, velaba por ella, se había convertido en su protector, y sus hijos lo veían como al padre del que apenas pudieron disfrutar. No obstante, Jacques no alcanzaba a imaginar la desorbitada deuda que le dejó su difunto esposo como herencia; haber sido asesor del Parlamento no lo libró de sus vicios. Nunca se lo había dicho a Jacques, y sabía que era difícil que se enterara por rumores maliciosos, pues tales chismes no solían ser el tema de conversación en los clubes de naipes que él frecuentaba, sin olvidar que el honor de una dama decente estaba en juego. Al fin y al cabo, no era ella la fuente de tal derroche, así que trató de solventar la situación como buenamente pudo. Pero la escasez y las estrecheces que asolaban al burgo provocaban que los prestamistas aumentaran los intereses, y la deuda parecía incrementarse y no al contrario, como cabría esperar. Y Jacqueline había llegado al límite de sus posibilidades y sus fuerzas.
Madame, esto es una locura ―dijo de pronto el cochero desde el pescante―. Jamás llegaremos al ayuntamiento.
―¿Por qué? ―inquirió ella, inquieta.
―Porque esta gente va en esa misma dirección ―le informó―. ¿No escucháis sus gritos? Acaban de tomar la Bastilla.
La mujer palideció, sintiendo que un sudor frío se le pegaba a la piel. Céline miraba a su madre con expectación e incertidumbre, pero Alain la observaba con rictus tenso, pues a su edad ya comprendía lo que aquello significaba, aunque tratase de no mostrarlo para no preocupar aún más a las dos mujeres.
―Deberíamos tratar de llegar a pie, madre ―le propuso el joven, y ella asintió, sacudiendo la cabeza con nerviosismo.
―Parad, por favor ―le pidió al hombre.
Sacó una moneda de su bolsa de mano y con ella le pagó, a pesar de no haber arribado a su destino, y se unieron a aquella marabunta que recorría la Rue Saint-Antoine en dirección a la Bastilla. Alain iba delante, abriéndose paso, mientras que ellas dos caminaban abrazadas tras él. El ominoso sonido de los gritos producto de la exaltación caía sobre ellos, amenazante y aterrador, y Jacqueline pidió perdón a Dios por su temeridad al haber conducido a sus hijos al mismísimo infierno.
Apenas se abría la calle en las proximidades de la plaza cuando vieron que la guardia francesa escoltaba a centenares de hombres que provenían de la Bastilla y que se acercaban a ellos en sentido contrario. El grito de Céline contra su pecho heló la sangre de la mujer, al tiempo que su hijo se unía también a ellas, estupefacto ante la visión que tenían frente a ellos. Uno de aquellos soldados encabezaba la marcha, que también se dirigía al ayuntamiento, portando en alto, clavada en una pica, la cabeza del Marqués de Launay, el alcaide de la Bastilla.
De pronto, la gente comenzó a aglutinarse alrededor de la puerta del ayuntamiento, que en ese instante se abrió de par en par. Ellos apenas eran capaces de sostenerse en pie, pues los empujaban, los arrastraban, los vapuleaban de aquí para allá al querer estar en primera fila, con sus armas improvisadas en ristre. De hecho, uno de aquellos exaltados se agitó en demasía al percibirse movimiento en la puerta del edificio del ayuntamiento, y el filo del cuchillo de carnicero que portaba en su mano se deslizó por el rostro de Alain, haciéndole un corte en la mejilla.
―¡Hijo! ―se alarmó Jacqueline al ver la abundante sangre que se escurría entre sus dedos cuando trató de taparse la herida con la mano.
―Solo es un rasguño ―quiso asegurarle a su madre mientras esta sacaba un pañuelo de su bolsa, aunque no le permitieron dárselo.
La muchedumbre volvió a exaltarse, con más violencia que la vez anterior, y el centro de su atención estaba fijo en aquella puerta de la que comenzaba a salir gente.
Su hermano, Jacques Flesselles, el mismísimo preboste de París, estaba siendo conducido a empujones hacia el exterior, bajo arresto, por un comité de insurrectos.
―¡Traidor! ―se escuchó desde el gentío, que alzaba escarapelas que lucían los colores rojo, blanco y azul, y el resto de los presentes comenzó a abuchearlo, incluso a lanzarle hortalizas y escupirlo en la cara, bajo la aterrada mirada de su hermana.
Oyó en la lejanía entre el vocerío y los insultos que lo llevarían al Palacio Real, a juzgarlo. No obstante, Jacques no alcanzó a descender la escalinata del ayuntamiento. Un disparo venido de alguna mano entre ese millar de manifestantes impactó en el pecho de su hermano, que cayó fulminado contra el suelo. Y los tres tuvieron que presenciar cómo los que estaban más cerca de él, entre gritos frenéticos y propios de mentes deshumanizadas, se cernían sobre su cuerpo y le aserraban la cabeza para clavarla en otra pica.
Alain vomitó a su lado y Céline gimió la palabra mamá contra su pecho, sumida en un llanto convulso y desquiciado. Alguien que pasó a su lado la golpeó en el hombro, haciéndola reaccionar. Con su hija aún abrazada a ella, agarró el brazo de Alain y tiró de él para correr en dirección contraria a aquella hueste enloquecida, hambrienta a la vez que sedienta de sangre, que exhibía los dos bustos mutilados en marcha triunfal. Solo cuando consiguieron llegar a una calle secundaria y solitaria se permitió vomitar aquella bola de náuseas y pavor que retenía en su garganta. Apoyando las manos y la frente contra el muro, gritó, por la barbarie de la que habían sido testigos, por la injusta muerte de su hermano y por la tragedia en la que se había convertido su vida.
Llorando toda la desesperación que contenía en su alma con lágrimas de desesperanza recorriendo su rostro, miró a sus dos hijos. Estaban aterrados y tenían los ojos clavados en ella, su única salvación, cuando en realidad ella estaba tan perdida como ellos. Céline estaba pálida, con la respiración agitada, al borde del colapso nervioso, e hipaba entre sollozos. Alain tenía la cara y la camisa ensangrentadas por aquel corte que sí era mucho más que un rasguño, mientras reprimía las lágrimas como el hombre que era. Y ella clavó la vista en ellos, tratando de que aquella devastadora imagen le otorgase esa chispa de lucidez que brilla en la tormenta y le diera una salida.
Una cosa era clara. Aquello no era una simple reyerta, una pataleta del pueblo a causa de la angustia, no. Era una revolución, el fin de un antiguo régimen decadente y opresor del que ella, por suerte o por desgracia, formaba parte. Por sus venas corría la sangre de los Flesselles, por matrimonio era una Blair de Boisemont, y ambos apellidos habían estado durante generaciones al servicio de un reino que se desmoronaba y ahora le arrebataban cualquier oportunidad de sobrevivir a la hecatombe que se avecinaba. No, no había nada allí para ella o sus hijos…
―Debemos irnos ―dijo de pronto.
―¿A… casa…? ―preguntó Alain, sin apenas poder pronunciar palabra.
Jacqueline negó con la cabeza, pero no dijo nada más. Los agarró a ambos de la mano y los condujo por callejuelas hasta el que aún era su hogar, aunque por poco tiempo.
Velmont se alarmó profundamente al verlos llegar de esa guisa, pero Jacqueline no pronunció palabra alguna. Se limitó a ordenarle a una sirvienta que ayudase a Céline a hacer su maleta y después pidió a su mayordomo que la acompañara mientras curaba la herida de Alain. Mientras tanto le narró todo lo sucedido.
―Apenas puedo creer semejante abominación ―gimió el mayordomo, quien, a pesar de ya peinar canas, jamás había vivido una atrocidad de tal calibre.
―Yo tampoco, Velmont, pero no puedo perder ni un segundo en lamentaciones ―admitió ella, sacando de su interior una fortaleza que no creía poseer.
Madame, ¿qué…?
―Nos marchamos ―le aclaró―. Por favor, hijo, prepara tus cosas. Solo lo indispensable ―le rogó, y un aturdido Alain asintió, sin bríos para rechistar siquiera, como habría hecho un día cualquiera.
―¿De París? ―preguntó entonces el mayordomo.
―De Francia ―sentenció la mujer, dirigiéndose un instante después hacia su recámara―. Nos vamos a Italia ―añadió para que no quedase lugar a dudas―. Bien sabes que mantengo correspondencia con la que fue mi tutora en el colegio de señoritas, madame Agnès Delacroix. Cuando consideró que su labor en la enseñanza había dado a su fin, se marchó a un pueblecito cercano a Turín, a la finca de su hermana y su cuñado, el conde Roberto Ranieri, creo recordar.
―Lo sé, madame, pero… los acreedores… ―comenzó a decir con cautela, haciéndole un suave gesto para que se apartara con la intención de seguir ordenando él su maleta.
―Esta casa será un justo pago para saldar toda la deuda ―decidió mientras rebuscaba en un pequeño cofre situado encima de su cómoda. Sacó todas las joyas y las metió en su bolsa de mano, a excepción de una gargantilla de esmeraldas que le alargó al mayordomo―. Gracias por tu fidelidad de todos estos años ―murmuró con voz temblorosa. Toda ella temblaba, pero su mano seguía firme, ofreciéndole aquella alhaja a Velmont como pago por su servicio.
―No, madame ―negó él, categórico.
―Debes aceptarlo ―lo reprendió ella―. Necesitas encontrar un nuevo hogar y mientras tanto…
―Os confundís, madame, yo ya tengo mi hogar ―recitó en tono críptico, desconcertándola―. Mi hogar está junto a vos y vuestros hijos ―añadió el anciano―. Os aprecio hasta el punto de consideraros mi familia ―se atrevió a decir, aunque pudiera reprenderlo por su osadía. Sin embargo, Jacqueline sonrió halagada y con alivio―. Sois como mi hija y ellos como mis nietos ―alegó más tranquilo al apreciar su reacción―. No me apartéis del único cariño que he conocido en toda mi vida. Permitidme viajar con vos ―susurró.
―Partimos en diez minutos ―le dijo ella.
―Estaré listo en cinco, y yo mismo despacharé al servicio ―aseveró el mayordomo. Luego, cabeceó como gesto de respeto, aunque su mirada brillante reflejaba toda la emoción contenida, y se marchó.

Faltaban cinco minutos para las siete cuando Jacqueline cruzó de nuevo la plaza Vendôme, acompañada de Velmont y sus dos hijos. Mientras se alejaba, giró la cabeza solo una vez, la última que contemplaría aquella casa, esa plaza y esa ciudad que la había visto crecer, pero a la que jamás podría volver.

domingo, 19 de noviembre de 2017

En 4 días sale a la venta Alma Bandolera de Juani Hernández



A falta de 4 días os desvelamos un secreto:





























Y hasta aquí puedo leer. Mañana, como regalo especial, y para hacer el lunes más llevadero... colgaré el primer capítulo de Alma Bandolera.

Habéis leído bien. Mañana descubriréis el primer capítulo.


Os espero mañana a todos por aquí.

sábado, 18 de noviembre de 2017

En 5 días sale a la venta Alma Bandolera de Juani Hernández



Ya conocéis tanto a uno como a otro. ¿Qué pensáis que hay entre ellos? Ahora es cuando se puede especular, porque estamos a 5 días de descubrirlo.

Hoy como regalo unas cuantas imágenes de los protagonistas conocidos hasta ahora.





















Y como regalo, dos personajes a los que aún no conocéis. Creo que os podéis imaginar que estos no van a ser precisamente los buenos de la película. Aunque toda persona puede cambiar.