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o al email: arielromeroescritora@hotmail.com

martes, 19 de abril de 2016

Número 2 de la Revista Tártarus

 
Número 2 de la Revista Tártarus

La revista Tártarus ya tiene disponible su segundo número. Aquí tenéis el enlace del blog:

https://revistatartarus.wordpress.com/2016/04/11/numero-2-de-la-revista/

O podéis leerlo aquí directamente:

https://issuu.com/revistatartarus/docs/t__rtarus_2



Disney Channel va a grabar Los Descendientes 2

Disney Channel va a grabar Los Descendientes 2

Tras el éxito de la primera película y para alegría de muchos se confirma que habrá segunda parte de Los Descendientes.
 
Continuará la historia de los hijos de Maléfica, la Reina Malvada, Cruella de Vil y Jafar, o dicho de otra forma, de Mal, Evie, Carlos y Jay.



El estreno de Los Descendientes 2 está previsto para 2017. Y yo pienso verla!



Novedades ARI Mes de Abril

Novedades ARI Mes de Abril

Este mes de Abril es muy especial porque es el mes de la rosa y el libro. Concretamente el 23 de Abril se celebra Sant Jordi.


Y las chicas ARI nos dejan las siguientes recomendaciones para este mes. Tenéis fantasía, paranormal y erótica. Para todos los gustos.

 
Si queréis saber más de ellas, os dejo el enlace de su página web:
 
Disfrutad de las lecturas!!!

domingo, 17 de abril de 2016

Las flechas de Cupido de Ariel Romero




LAS FLECHAS DE CUPIDO
  
- Hijo, esto cada año está peor.  Tenemos que hacer algo al respecto porque se acerca San Valentín y esto es un desastre. Cada año la gente cree menos en el amor y hay más separaciones. ¿Estás seguro de que no estás utilizando más flechas de plomo de la cuenta?
- Bueno, uso algunas más que las doradas, eso es cierto. Pero es que hay gente que no se merece que su amor sea correspondido.
- Hijo, los mortales necesitan creer en el amor, te lo he dicho millones de veces. Y más ahora con todo lo que están sufriendo. Necesito que este año dejes las flechas de plomo y solo te lleves las doradas que provocan amor instantáneo. Y que te pases todo el 14 de Febrero llenando de amor el ambiente.
Cupido malhumorado se fue, dejando a Venus sola con sus pensamientos. Ese hijo suyo nunca iba a cambiar, le costaba que le hiciera caso.
Apenas quedaban dos días para el 14 de Febrero y Cupido tenía que preparar todo para hacerle caso a su madre. Tenía preparadas millones de flechas. Las doradas con plumas de paloma que provocan amor instantáneo y las de plomo con plumas de búho que provocan la indiferencia. Su madre le había dicho que solo usara las doradas, pero él iba a llevarse unas cuantas de plomo, por si acaso.
Llegó la esperada mañana y con su arco en mano y cargado de flechas se fue a ver a los mortales. Venus le había insistido que ese día quería ver mucho amor en el ambiente. Y desde luego lo vería, y tanto que sí. Todos querían su historia de amor y la iban a tener, aunque no fuera la que ellos se esperaban. Y empezó a lanzar flechas con mucho entusiasmo, más incluso que cuando había estado lanzando las de plomo todo este tiempo atrás, de manera muy enérgica y bastante al tun tun. A una mujer y al taxista que la llevaba, a clientes con dependientas, a secretarias con sus jefes, a los que andaban unos cerca de otros. Lo más divertido fue ir entrando por los colegios e ir uniendo a los profesores y a los alumnos entre ellos.
Aquello que estaba haciendo era una auténtica locura, pero tenía pocas ganas y era lo mejor para hacerlo en el menor tiempo posible. Lanzaba las flechas y los veía tan felices que seguía lanzándolas, cada vez mirando menos las parejas que creaba. Lo que hacía era divertido al fin y al cabo, y el ambiente se estaba llenando de amor allí por donde pasaba.
A media mañana había repartido las millones de flechas doradas y ni una sola de plomo y se fue a casa muy contento a descansar un poco antes de volver de nuevo a seguir con su cometido. Cuando Venus le vio por allí se acercó.
- ¿No te dije que hoy tendrías que trabajar duro?
- Ya está casi todo hecho. Todos están felices y con pareja. Solo me quedan unos cuantos para luego.
Venus extrañada decidió acercarse a verlo por ella misma. Y todo lo que en un principio a Cupido le había parecido bien porque había mucho amor en el ambiente, ahora era todo un desastre. Parejas que tenían reservas en hoteles y restaurantes las estaban anulando porque se habían enamorado de otras personas. Bodas anuladas porque ambos mortales habían encontrado a otras parejas. Chicas que lloraban porque sus parejas las habían dejado por otras chicas y ellas se habían quedado solas. Su hijo había lanzado la mayoría de las flechas sin tener en cuenta sentimientos ni edades, ni condiciones. Solo por acabar lo antes posible con lo que le había mandado.
Volvió muy furiosa y se le quedó mirando fijamente.
- Eso no es lo que te había pedido que hicieras. Vas a tener que coger las flechas de plomo y arreglar todo eso. Y luego volver a lanzarles las doradas a las personas correctas. Nada de atajos como el que has utilizado.
- ¡Si están todos felices!.
- No todos y no está correcto lo que has hecho. ¡Arréglalo!
- Pero eso me va a llevar más del doble de tiempo que he tardado en lanzar esas flechas.
- Haberlo pensado antes. ¡Arréglalo! ¡Ahora!
Estaba realmente enfadada con él, y a Cupido no le gustaba ver a su madre tan enfadada. No le quedaba más remedio que volver y hacer las cosas bien.
Aunque las vidas de los mortales le parecían aburridas, tenía cierta curiosidad en ellas. Al principio, se paraba a observar a los que más le llamaban la atención, pero hacía mucho que no lo hacía. Hoy, en cambio, debería retomar esa vieja costumbre y pararse a observar a todo el mundo para descubrir a su pareja ideal. Pero lo primero era ponerse a lanzar flechas de plomo a todos con los que se había equivocado, que eran la mayoría.
Tras terminar con eso, la primera en la que se fijó fue en una chica que estaba comprando la prensa en un quiosco y entraba a un edificio. La siguió y vio como al conserje, que era un chico joven, se le iluminaba la cara al verla. Y se dijo, "¿por qué no? A él le gusta y a ella le vendría bien una persona así". Cogió dos flechas y se las lanzó a ambos. Realmente a él no le hacía falta pero una de sus flechas reforzaría ese amor que ya sentía. Ella se paró frente al ascensor y le miró, y él se acercó con una rosa en la mano que había comprado antes de ir a trabajar con la esperanza de atreverse a dársela. Primera historia de amor en marcha, pero necesitaba crear muchas más en ese día, así que no podía quedarse a ver cómo evolucionaban, aunque le hubiera gustado. Si podía otro día lo haría. Dio una vuelta por el edificio lanzando algunas flechas más y siguió su camino hasta encontrarse con un hombre que se notaba que estaba esperando a alguien. Vio bajar a una mujer un poco más joven que él con la misma indumentaria para salir a correr. Se notaba a la legua que estaba haciéndose el encontradizo con ella. No llevaba anillo pero sabía que estaba casado. Instintivamente sacó una flecha de plomo para lanzarle a ella, pero recordando las palabras de su madre las cambió por dos doradas. Lanzó las flechas, una destinada al hombre y otra que no iba para aquella chica, sino para la mujer de éste. Y volvió a coger otras dos, una para ella y para el chico por el que suspiraba todos los días. Hubiera sido más fácil lo primero que pensó pero era el día de hacer las cosas bien y de repartir amor por todos los rincones. A lo largo del día, ese hombre haría lo correcto y saldría con su mujer a cenar y aquella chica por fin tendría la visita que tanto esperaba.
No se le estaba dando tan mal hacer lo correcto al fin y al cabo. Siguió uniendo mortales que se gustaban entre ellos y a los amores no correspondidos con las personas adecuadas.
Venus, que esta vez había estado siguiéndolo, vio con agrado el esfuerzo que estaba haciendo su hijo y decidió que esa noche le concedería el honor de prepararle ella misma una cena. Cupido no siempre la hacía feliz con sus actos pero esta vez estaba demostrando que era muy bueno en lo que hacía. Y a todo el mundo nos gusta que nos recompensen de alguna manera cuando hacemos un buen trabajo. Unas palabras de ánimo y reconocimiento, una palmadita en la espalda o una buena cena alegran mucho. Y más que bueno, Cupido es el mejor. Eso no podía negarlo.
Cupido mientras tanto seguía lanzando flechas allá por donde pasaba, no sin antes mirar bien a las personas. Se encontró a una chica con uniforme militar que iba muy seria por la calle, demasiado. Se fijó en ella y vio cómo evitaba cruzarse con las parejas que iban de la mano. Sin duda aquel día de San Valentín no era de su agrado y Cupido quería hacer que aquello cambiara. Intentó averiguar si había alguien en su corazón, pero parecía haber creado un muro en torno a él y no había manera de acceder. Volvió a intentar hacer algo sin éxito. Sin duda aquella chica, que debía rondar los treinta años, era de lo más inaccesible. Pero no quiso rendirse, si conseguía que pasara ese día al menos un poco más feliz todo el esfuerzo habría merecido la pena. Así que decidió que seguiría lanzando flechas y a la vez buscando a una pareja para ella.  
Un par de veces pensó que había encontrado al chico adecuado, pero sus flechas no funcionaron. Nunca le había pasado aquello, que sus flechas no dieran en ella. No conseguían impactar. Y decidió ir a ver a su madre para comentárselo.
Venus lo escuchó atentamente. Nunca antes una flecha de su hijo no había conseguido impactar en alguien. El tema le preocupó y fueron a consultar el libro del amor. Ese que le dieron junto a sus flechas. Ahí debía estar la respuesta a lo que pasaba. Solo había que consultarlo. Estaban pasando las páginas cuando dieron con "Acertar en un corazón amurallado".
- Eso es lo que le pasa. Ha creado un muro alrededor de su corazón y por eso mis flechas no le impactan.
- Vale. Según pone aquí hay que retirar el muro antes de poder lanzar una flecha que impacte con otra persona. Para retirar el muro hay que lanzar a la vez y a la misma persona una flecha dorada con una de plomo.
- ¿Lanzarle dos flechas distintas a ella?
- Si. Eso hará que se rompa el muro y que cuando le lances la flecha correcta para unirla a otra persona funcione.
- ¡Dos flechas distintas a la vez! Bueno, si el libro lo pone supongo que funcionará. Voy a terminar el trabajo y ahora vuelvo.
Venus cerró el libro mientras su hijo volvía en busca de la chica. Estaba contenta, esta vez estaba poniendo mucho empeño y haciéndole caso.
Ahora la encontró sentada en una cafetería tomando una coca cola mientras escribía en una libreta. Le había costado reconocerla sin el uniforme. Para ser una mortal es bastante guapa, pensó. Cogió las dos flechas y juntas las lanzó en la misma dirección. Ambas impactaron a la vez. Llegó la hora de lanzar la flecha a ella y a la que sería su pareja. Pensó en los chicos que había elegido antes para ella pero después de verla así, tan distinta, ninguno le parecía el idóneo. Entró en su corazón y vio que la persona por la que más amor sentía era Laura.
- ¡Vaya, una chica! Cómo no se me había ocurrido que podía ser eso.
Puso las dos flechas en el arco y las disparó, pero ambas variaron la trayectoria y chocaron entre sí. Alucinado por lo que había pasado volvió a intentarlo de nuevo con el mismo resultado. No era posible que eso estuviera pasando. A la cuarta vez le quedó claro que aquello era una pérdida de flechas y se fue de nuevo a consultar el libro.
Abatido, empezó a pasar páginas buscando una respuesta.
- ¿Otra vez aquí, hijo? ¿Qué ha pasado?
- Es la misma mortal. No consigo que la flecha impacte.
- ¿Le quitaste el muro a su corazón?
- Sí, y en él aparecía una chica. Pero cuando intento lanzarles las flechas, éstas....chocan entre sí.
- Eso tampoco había pasado nunca.
- Aquí está: "Cuando dos flechas chocan entre sí es que esa pareja es totalmente imposible. Puede ocurrir en el caso de que la amistad se confunda con el amor".
- Esas chicas son solo amigas, por eso no te funciona.
Siguieron buscando hasta que en una de las páginas encontraron justo lo que buscaban.
"El amor, como ciego que es, a veces no reconoce a su pareja cuando la tiene al lado y tiende a no encontrar el camino de la unión. Por eso están las flechas. Ellas siempre lo encuentran. Solo hay que saber cómo lanzarlas".
- Eso es. Hay que lanzar las flechas con los ojos cerrados. Una impactará en ella y la otra en la que sea su pareja.
- ¿Crees que eso funcionará?
- Según el libro debería. ¿Qué tal si voy contigo y lo comprobamos?
Juntos se fueron en busca de la chica, que ya estaba en casa con el pijama y las zapatillas. Estaba frente a una estantería escogiendo una película. Había llegado el momento de hacer que su noche cambiara. Así que puso dos flechas y cerró los ojos bajo la atenta mirada de Venus, que vio cómo la primera impactaba contra la chica y la segunda, tras un par de vueltas, impactaba en su hijo.
- Vaya, creo que ahora entiendo por qué antes no te había funcionado.
- Pero esto no puede ser, la flecha me ha dado a mí y ella es una mortal.
- Quizás es el destino.
- Claro, seguro que me debe una después de lo que le hice a Apolo con Dafne.
- Hijo, ella no se va a transformar en un laurel. Eres su pareja, así que ve a por ella.
- ¿Y cómo se supone que voy a entrar en su casa y a hablar con ella?
- Está en casa sola y no tiene cena, seguramente haya pedido una pizza.
- Vale, voy a por una pizza a ver si esto funciona.
Ya estaba decidido y al fin veía las cosas claras. Iba a bajar, comprar una pizza e ir a su casa a entregársela; y, si todo salía bien, en cuanto se miraran no habría que decir mucho más y pasaría con ella la bonita velada que se merecía. Y por otra parte, él también se la merecía, había trabajado mucho. Respiró hondo y el amor de todas aquellas personas a las que había unido a lo largo del día le llegó. Miró a su madre y vio que estaba orgullosa de él y de lo que había conseguido hacer ese día. Y supo que estaba listo para todo.
- No me esperes para dormir.
- Hijo, espera.
- No te preocupes. Estoy listo, ya sé lo que voy a hacer y todo va a ir bien.
- Hijo, espera.
- Lo sé, es una mortal, pero creo que sabré llevarlo.
- ¡Pero me quieres escuchar!
- Vale, ¿qué pasa?
- Que no puedes ir así. Tienes que cambiarte.
- Upsss, es verdad.

Ariel Romero

(Relato incluido en la Antología Romántica "Déjate Enamorar" - 14 de Febrero 2016)

Montajes de Las Flechas de Cupido

Montajes de Las Flechas de Cupido

Para la Antología "Déjate Enamorar" escribí el relato "Las flechas de Cupido" que pondré en la próxima publicación. Pero antes quería dejaros los montajes del relato. Espero que os gusten.



Darle las gracias a mi hermana Inmaculada que ha sido la autora de los montajes. Ahora ya los puedo tener todos en mi blog.

Y aquí os dejo el enlace para leer el relato: http://misteriosdeescritora.blogspot.com.es/2016/04/las-flechas-de-cupido-de-ariel-romero.html

sábado, 16 de abril de 2016

El secretario de Julieta de Ariel Romero


EL SECRETARIO DE JULIETA

Desde que me habían aceptado para hacer la Erasmus mi vida había cambiado radicalmente. Era la primera vez que me alejaba de mi familia y amigos, pero a cambio tenía la oportunidad de pasar unos meses en la bella Verona. Lo único que conocía de esta ciudad antes de llegar a ella es que era el escenario donde acontecía la famosa historia de amor de Romeo y Julieta de William Shakespeare, obra que he de reconocer que ni siquiera había leído hasta llegar a la ciudad. Pero una vez allí me entró la curiosidad de leerla, ya que aquello movía mucho turismo. Un día estaba leyéndola sentado en una trattoria cuando se sentó a mi lado un chico más o menos de mi edad y me dijo en un perfecto español "es una bonita historia pero deberías saber dos cosas mientras la lees, que inicialmente se desarrollaba en Siena y que el autor nunca estuvo aquí". Así empezó mi amistad con Filippo, quién me enseñó mucho de aquella obra y de la ciudad.
Siempre había algo de aquella ciudad y de su gente que me sorprendía y su forma de vida me apasionaba. En mis ratos libres salía a disfrutar de la ciudad, tanto de las zonas más turísticas como de las que no lo eran tanto. Y uno de los primeros sitios que visité fue la Casa de Julieta, perdiéndome posteriormente por las calles en busca de la casa de Romeo, de la que tan solo pude ver una placa en una fachada de una casa después de tanto buscarla. Quería recorrer las calles e impregnarme del ambiente para recordarlo cuando ya no estuviera allí. Mi lugar favorito era sin duda el Ponte Piedra, el monumento romano más antiguo que tenía la ciudad.
Estaba llegando al final de la obra cuando decidí que estaría bien leerla fuera de las cuatro paredes de mi habitación. Sería un bonito recuerdo leerla en el patio de la casa de Julieta. Ese que siempre estaba atestado de turistas que se hacían fotos tocándole la teta a la estatua de Julieta para encontrar el amor verdadero, recitando en el balcón los versos que Shakespeare dejó en su obra o dejando sus cartas y notas de amor en el muro. Según me había contado Filippo lo de tocar la teta era una superstición absurda porque él la había tocado muchas veces y seguía sin novia; y aquél balcón donde se supone que había acontecido una de las escenas más famosas de la obra, había sido añadido posteriormente por razones turísticas. Incluso la casa de Romeo era una casa privada que no se podía visitar y como había podido comprobar solo tenía una placa. Daba la casualidad de que había pertenecido a una familia veronesa de apellido "Del Capello" y directamente la hicieron popular al parecerse el apellido a "Capuletti". Pero Romeo no era un Capuleto, sino un Montesco. Me confirmó que lo único que tenía sentido en Verona de todo aquello era el tema de las cartas de amor. Esas que miles de personas, chicas en su mayoría, dejaban diariamente en el muro o enviaban por correo. Al principio me mostré muy escéptico con respecto a que un grupo de mujeres que se hacían llamar las secretarias de Julieta contestaran aquellas cartas, pero aquello cambió cuando conocí a Elena.
Estando en el patio de la casa de Julieta me di cuenta de que aquel sitio era de los peores donde se me podía haber ocurrido ir a leer. Demasiado ruido, demasiado trasiego, demasiada gente. Así que salí de allí y fui a sentarme a una trattoria cercana que estaba bastante tranquila. Solamente había una chica sentada con la mesa repleta de folios y lo que parecían cartas.
Tras estar un rato observándola decidí acercarme y hablar con ella pero con mi nivel de italiano nos costaba entendernos, así que llamé a Filippo para que me ayudara un poco. Cuando le presenté a Elena vi cómo sus ojos se iluminaron. A través de él, en una conversación que duró un par de horas, me enteré de que Elena era una secretaria de Julieta y acabé quedando con ella para ayudarlas temporalmente con las cartas que estuvieran en mi idioma.
Así fue como al día siguiente acabé en una oficina con ocho secretarias de Julieta, de todas las edades, entre ellas Elena. La única que leía mi idioma era Isabel, que era tan mayor que ya le costaba mucho entender las cartas. Algunas de ellas me entendían al hablar pero les costaba escribir y leer en español.
Diariamente las secretarias del Club de Julieta responden a las miles de cartas que les llegan a la Casa de Julieta. Son voluntarias que ofrecen consejo, apoyo o simplemente un oído a aquellos que necesitan hablar sobre el amor en todos los idiomas. Aquello es ya como una tradición en algunas familias. Allí estaban Isabel, su hija y sus dos nietas, me había dicho. Pero no solo había chicas, también iban voluntarios masculinos de vez en cuando.
Isabel iba a darme la formación adecuada para contestar las cartas y a supervisarme. Con los estudios que estaba cursando de psicología, me dijo que no tendría problema.
Al fin me senté en una de las sillas de aquella larga mesa con unas cuantas cartas. Cogí una y la leí dos o tres veces. Era la primera y la más importante. Aquello iba muy en serio. Tenía que hacerlo bien, ser "Julieta" por unas horas era una gran responsabilidad.
La carta era de una chica madrileña que le escribía a Julieta más que nada por contarle a alguien lo que le estaba ocurriendo. Necesitaba un oído y él se propuso serlo. Alma a sus 23 años había descubierto que sus relaciones con los chicos salían siempre mal porque su mejor amiga, Marta, siempre se metía de por medio. Así que tras mucho pensarlo, decidió cortar esa amistad que en vez de aportarle cosas las destruía. Le había costado mucho tomar la decisión y le escribía a "Julieta" para saber si lo había hecho bien, si merecía la pena perder una amistad de muchos años para poder ser feliz en el amor. <<Una amiga que te quiera no te hará mal. Si te lo hace es que no es una verdadera amiga>>, le contesté. Tras esas palabras vinieron muchas más que venían a decir lo mismo. Las amigas no deben ser personas que se dediquen a fastidiar tu vida, sino a alegrarla. Aún así le dije que hablara con ella sobre sus motivos, quizás lo había hecho pensando que esos chicos no eran buenos para ella. Siempre hay que intentar dialogar las cosas y dejar que tu amiga se explique.
Tras escribir aquella carta me sentí nuevo, renovado. Encontré algo que me fascinaba y alabé el valor que tenían aquellas mujeres de ser las secretarias del icono del amor.
La segunda carta que cogí venía en un sobre rosa fucsia que me sacó una sonrisa. Aquellas chicas ponían mucho esmero. Su autora era Leticia, de un pueblecito de Oviedo. Antes de abrirla me imaginé su historia, pero al leer su carta vi que me equivocaba totalmente. No se puede juzgar a una chica por su letra ni por su color favorito. Contesté a ésta también y le di ambas a Isabel, que las leyó con atención. Me las devolvió con una sonrisa y solo me dijo "sigue adelante". Así que me senté y seguí hasta dar con una carta de una sevillana que leí al menos cinco veces.   
María le escribía a Julieta preguntándole cuándo encontraría el amor y cómo sabría que era el verdadero. Aquella carta necesitaba el consejo de una chica más que el mío. Así que fui a consultarle a Isabel, pero ya se había ido. Podía haber esperado hasta el día siguiente pero mi inquietud me impedía esperar. Elena seguía allí contestando cartas, así que llamé a Filippo para que se acercara. Estoy seguro de que dejó todo lo que estaba haciendo en cuanto le nombré a Elena y se presentó allí.
Cuando Filippo llegó, los tres nos fuimos a sentarnos a la terraza de una trattoria a tomar algo mientras charlábamos sobre la consulta de aquella chica a Julieta. Filippo leyó la carta y se la tradujo a Elena sobre la marcha y ésta se quedó impresionada. Tanto que le pidió que se uniera al menos como traductor  a las secretarias de Julieta, si no se sentía aún preparado para contestarlas. Él se sonrojó y acabó aceptando.
Elena tras pensarlo un rato me recomendó que contestara la carta con el corazón y en base a mi experiencia. No tenía por qué contestarla una mujer. Así que me llevé la carta a mi habitación y me pasé toda la noche con la respuesta. No había escrito algo tan personal ni sincero en toda mi vida. Esperaba que a aquella chica le sirviera.
Al día siguiente dejé la carta para enviar junto a todas las demás y me puse con otra. Pero una parte de mí supo que aquella carta iba a ser sin duda la que recordaría durante toda mi vida de aquella etapa.
Cuando acabé la Erasmus me tocó volver a casa, dejando en Verona muy buenos amigos a los que les había prometido que volvería y llevándome muy buenos recuerdos. Isabel y Elena me organizaron una fiesta de despedida donde también estuvo Filippo, que aceptó traducir las cartas españolas para ellas.
Burgos estaba tal cual la dejé cuando me fui. Mi familia me había echado de menos pero se alegraban mucho de la experiencia que aquel viaje me había dado. Mis amigos no podían creerse que aparte de estudiar, en vez de salir de fiesta me hubiese dedicado a pasar horas rodeado de mujeres contestando cartas, sin haber mantenido una relación con ninguna. Cualquiera de ellos habría aprovechado la Erasmus de otra manera, de eso no me cabía duda.
Demoré unos días la tediosa tarea de deshacer el equipaje hasta que mi madre se empeñó en que tenía que hacerlo para que pudiera poner una lavadora. Encendí el ordenador, puse música y abrí el correo electrónico a la vez que la cremallera de la maleta. Si iba alternando tareas me resultaría todo más llevadero. Saqué la ropa y un papel cayó al suelo. Con curiosidad observé que era la carta de aquella chica que tanto me había marcado. Pensé que la había devuelto a la casa de Julieta, pero se ve que había viajado conmigo sin saberlo. Me senté y volví a leerla. Tenía que escribirle a Filippo para contarle lo que había pasado y devolverla al lugar donde pertenecía. Tenía que devolvérsela a Julieta.
Iba a enviarle un correo electrónico cuando vi que tenía uno suyo. Mejor, así le contestaba como si hubiera sido algo casual. Leí su correo, abrí el documento adjunto que me enviaba y supe que mi vida estaba a punto de dar un giro.
Al día siguiente me encontré sentado a las once y cuarto de la noche en un autobús que tenía Sevilla como destino. Billete con vuelta abierta y una maleta cargada de sueños más que de ropa. Sabía que recordaría esa carta siempre, lo que no sabía era que me llevaría a realizar un viaje en busca de la persona que la escribió.
El documento que me había enviado Filippo era la contestación de aquella chica sevillana a mi carta. Bueno, técnicamente le contestaba a una secretaria de Julieta pero, como bien sabíamos ambos, era un chico y así lo reflejaba mi carta. Lo que decía su carta no puedo contarlo, pero si diré que consiguió enamorarme sin ni siquiera haberla visto. Tras leerla supe que tenía que buscarla. Así que, tal y como deshice la maleta, volví a hacerla de nuevo y saqué billetes para el próximo autobús. Nervioso tras haberlo hecho, pensé que no podía plantarme en su ciudad con su carta y la otra y buscarla en su casa. Tenía su dirección pero si me plantaba allí me tomaría por un loco o algo peor, y cuando le dijera que era de Burgos más todavía. No se podía decir que estaba pasando por allí precisamente. Necesitaba saber algo más. Aparte de que por su dirección sabía que vivía en Triana, cerca de donde me dejaría el autobús y no muy lejos de donde había cogido una habitación en un hostal.
Por suerte las benditas redes sociales ayudan mucho y con su nombre y apellidos la encontré en facebook. Aunque Marías había muchas porque era un nombre muy común, no me costó encontrarla. O al menos a la que pensaba que sería. Su foto de perfil era una imagen de una película de Disney, Aladdín y Yasmin volando en la alfombra mágica. Muy dulce. Tenía pocas fotos públicas pero sí que salía en varias y, aunque no era el tipo de chica en la que me habría fijado en un principio, tenía algo.
A las diez de la mañana, después de apenas haber conseguido pegar ojo en el autobús, estaba en una ciudad para mí totalmente desconocida a la que nunca hubiera pensado que viajaría. Mi primera impresión fue muy buena. Salí de la estación de autobuses y me paré en un puente que había al lado a ver el río. Hacia un lado la vista era algo extraña. Al final del puente había una torre bastante alta, que no me pegaba nada en aquella ciudad y sin embargo estaba allí. Parecía un edificio de oficinas. Pero si te ponías de espaldas a ella y mirabas hacia el otro lado había una espectacular vista del río, con un puente muy bonito al fondo, una torre y otra que despuntaba sobre unos edificios. Hacia ese puente tenía que dirigirme en busca de la calle Reyes Católicos, donde estaba mi hostal.
El puente era aún más impresionante conforme te acercabas, pero también mis nervios se iban acrecentando a cada paso que daba por el borde de aquel río. Ya estaba allí, algo que le debía a la impulsividad heredada de mi padre. Todo estaba controlado hasta que llegara al hostal, pero a partir de ahí no había planes. Tenía un nombre, una foto y una dirección. Tendría que improvisar algo.
En cuanto me dieron la habitación decidí dormir un poco hasta la hora de comer y, si no llego a tener la alarma puesta, me hubiera levantado bien tarde. Salí a la calle a disfrutar de aquel sol y aquella buena temperatura que hacía. Era muy agradable, pero no me quería imaginar el calor que debía de hacer en verano. El puente de Isabel II era mi punto de referencia, aunque allí lo llamaban puente de Triana, como bien me hizo saber el primer sevillano al que le pregunté.
Caminaba por el puente camino a la dirección que tenía cuando me la crucé. Tenía que ser ella, sí, estaba casi seguro. Al menos la chica de la que tenía fotos del facebook. Empecé a seguirla y a sentirme mal por lo que estaba haciendo, realmente empezaba a parecer un acosador. Pero sin planes y habiéndomela cruzado tenía que ser el destino. El seguimiento acabó cuando llegó a un bar donde se metió detrás de la barra. Poco después salió cambiada con la vestimenta a juego con sus compañeros. Estuve observando un rato hasta que me di cuenta de que no podía pasarme parado allí todo el tiempo mirándola. Además mi estómago tenía hambre y aquello era un bar.
Más nervioso de lo que debía ser habitual en un cliente me senté en una mesa y ella vino rápidamente a atenderme. Conseguí pedir algo de beber aunque tartamudeando un poco. Ella se fue y me asaltaron las dudas. ¿Y si no era ella? Había recorrido muchos kilómetros para verla y ahora que lo había hecho lo único que quería era salir corriendo a casa. Cogí la carta para tranquilizarme pero fue peor. No entendía la mitad de las cosas que ponía en ella. ¿Pero a dónde me había ido? Si en Verona no había tenido problemas, ¿cómo es que estando dentro de España me pasaba esto?
Estaba tan metido en mis cavilaciones que no me di cuenta de que estaba a mi lado hasta que me puso la bebida y me habló.
- Te veo un poco liado. ¿Qué te parece si te ayudo a decidir? ¿Prefieres comer carne, pescado o algún guiso?
- Pescado.
- Vale, pues fíate de mí que voy a traerte uno que te va a encantar.
La vi marcharse de nuevo a la barra sabiendo que o bien pensaba que era extranjero o que tenía algún retraso. No podía haber sido más patético. Pero ya no tenía remedio, a no ser que cambiara su primera impresión de mí. Así que cuando trajo aquel plato de lo que dijo que eran chocos y adobo me animé a comentarle que venía de Burgos y que aún estaba adaptándome a la ciudad. Entonces sonrió con un brillo en los ojos, y supe que me daba igual si era la chica que había escrito la carta o no, la sonrisa que quería ver todos los días era la suya.
Aquel plato estaba realmente bueno y disfruté de él mientras la miraba servir mesas de un lado para otro. Se acercó a preguntarme si estaba bueno, de nuevo con esa sonrisa. Me quedé un rato tras comer hasta que vi que no tenía sentido alargar más aquello sin saber a qué hora terminaba de trabajar. Le pedí la cuenta y para hablar un poco más con ella le pregunté qué me recomendaba visitar primero. Y no sé cómo acabó ofreciéndose a hacer de guía turística unas horas si la esperaba diez minutos a que terminara el turno.
La esperé con un café para aplacar los nervios.
- Perdona mis modales, ni siquiera nos hemos presentado. Me llamo María.
- Yo Ángel. Encantado.
Se abalanzó a darme dos besos que me dejaron clavado en el sitio. Tendría que acostumbrarme a esa manera de ser del sur de la que tanto había oído hablar.
María me llevó a ver la catedral y la giralda por fuera, que no quedaban muy lejos, y un montón de sitios de los que he de decir que no estuve pendiente de los nombres. Estaba demasiado nervioso escuchándola hablar e intentando contestar sin parecer retrasado mientras me preguntaba si sería o no la chica que había ido a buscar.
Acabamos el recorrido en un parque al lado de la Plaza de España, cuando ya habíamos hablado de mi procedencia, de la suya y muchos temas más, sobre todo turísticos. En ese momento estábamos despidiéndonos cuando me dijo que esperaba que no me perdiera al regresar, a lo que yo le contesté que si había conseguido no perderme en Verona no creía que lo fuera a hacer en Sevilla.
Fue escuchar Verona y mirarme de una manera muy extraña.
- ¿Has estado en Verona?
- Sí, varios meses por la Erasmus. Volví a Burgos hace unos días.
- ¿Y después de volver de tantos meses por ahí te vienes a ver Sevilla tú solo?
No me esperaba una pregunta así, aunque era lógica. Aquel viaje del que no le había contado el motivo había sido algo repentino. Pero cómo explicarlo, fuera o no fuera ella la persona a la que buscaba, y más con aquella carta en el bolsillo que parecía que había empezado a quemarme la piel.
- Vine en busca de algo. Bueno, más bien de alguien. No sé, fue un impulso y de pronto me encontré en un autobús viniendo hacia aquí.
- Vale. Espera unos minutos que hago una llamada y nos vamos a un bar que hay por aquí cerca a que me cuentes esa historia. Que ya veo que te has guardado lo más interesante. ¡Vaya tela cómo sois los del norte! Hay que sacaros las cosas con cucharilla.
Quise replicar que no éramos tan cerrados como ella pensaba, pero ya había sacado el móvil y se había distanciado un poco para hablar. Entonces procesé sus palabras y me di cuenta de que lo que quería era que le contara toda la historia. Metí la mano en el bolsillo y acaricié la carta. No, no podía ser ella. Simplemente era curiosidad lo que tenía. Igual contarle todo la historia a ella ponía un punto de cordura a todo esto. Solo Filippo sabía que había decidido ir en busca de aquella chica y hasta me había animado a hacerlo. Pero claro, Filippo siempre me había demostrado que era un romántico y más después de contarme que había empezado una relación con Elena. Me había dicho que todo pasaba por algo y que creyera en el destino. Y el destino lo había llevado a estar en un parque con una morena a más de 700 kilómetros de su casa. ¡Vaya cómo se las gastaba el destino!
- Ya estoy. Vamos al Chile, un bar que hay por aquí cerca.
Me dejé guiar por ella hasta una terraza de un bar desde donde se veía el río. No estaba mal aquella ciudad, al fin y al cabo. No superaba el encanto de Verona pero me gustaba. Desde luego más que Burgos, ciudad de la que huía siempre que podía.
- Ahora cuéntame esa historia que me tiene intrigada.
- ¿Has estado alguna vez en Verona?
- No, pero me gustaría ir algún día. Visitar la ciudad de Romeo y Julieta es un sueño que tengo pendiente realizar.
Le hablé de la ciudad, de Filippo y sobre todo de lo que a ella más le interesaba, Romeo y Julieta. Se había leído la obra varias veces. Se sorprendió al saber todo lo que había montado alrededor de aquella famosa pareja de personajes que había trascendido en el tiempo y acabé contándole cómo formé parte de las secretarias de Julieta. Y, antes de seguir con lo que me había llevado hasta allí, saqué la carta del bolsillo para que creyera un poco mi historia.
- No puede ser. Es imposible. Tú...
- Lo sé, no me pega ser secretario de Julieta y sí, me he traído una carta pero fue sin querer y pienso devolverla.
- No, no es eso. ¡Tú! Tú tienes mi carta.
Pues sí, era ella. La chica a la que había ido a buscar y por la que me había separado tantos kilómetros de mi casa. Y pensando en la cara que pondría Filippo al saberlo me eché a reír. Ella, aunque desorientada al principio por mi repentino ataque de risa, acabó riéndose conmigo. Cuando conseguimos parar, no sabía que decirle.
- Así que tú fuiste el que me contestaste a la carta. ¿Te llegó mi contestación?
- Yo venía para España cuando llegó a Verona, pero la recibió un amigo mío y me la mandó por e-mail.
- ¿Y viniste a contestarme en persona?
- No sé muy bien por qué pero me hizo venir. Supongo que sí, que vine a buscarte para contestarte, aunque las dudas me asaltaran cada vez que lo pensaba.
- ¿Y cómo sabías que era yo?
- Te busqué en facebook pero no estaba seguro de que fueras tú. Hasta hace unos minutos habría dicho que no lo eras, aunque una parte de mí se moría por que lo fueras. Me crucé contigo en el puente y te seguí hasta el bar.
- Sabes que dicho así pareces un acosador, ¿verdad?
- Sí, lo he tenido en cuenta.
- Pues sigo esperando la contestación. ¿Tu carta fue sincera?
- Al cien por cien. Una secretaria me dijo que te contestara yo y creo que ha sido lo más sincero que he escrito en mi vida. Más sincero que las cartas a los Reyes Magos.
La vi sonreír y sonrojarse, y noté cómo su capa de seguridad que tanto me había gustado desaparecía dando paso a una chica capaz de echarse a temblar en segundos. Nunca había causado tanto en una chica y me resultaba divertido.
- ¿Esto quiere decir que Julieta me manda el amor verdadero que tanto deseaba?
- No sé si seré o no tu amor verdadero, pero lo que sí te puedo decir es que desde que me sonreíste sé que me encantaría serlo.
- ¡Pues ya podías haber sido de más cerca, majo!
- Tú eres la que está lejos.
- Ni siquiera sé cómo es Burgos.
- Cuando vengas a visitarme lo sabrás.
Y con un intercambio de sonrisas supimos que aquello era el comienzo de una bonita historia. Que con suerte y ayuda de Julieta, esperamos que llegue a algo. De momento viajamos cuando podemos, y María ha descubierto que Burgos le gusta tan poco como a mí.

Ariel Romero
(Relato incluido en la Antología "8 ranas por San Valentín" - 14 de Febrero 2016)